Amor incondicional por El Rey de Copas
El rito estaba comenzando. La multitud de fieles se desplazaba lentamente bajo la lluvia, mientras el agua bendecía nuestros cuerpos. Todo era rojo y el incienso olía a porro y choripán. Una interminable procesión ingresaba al Libertadores de América. La gala de Avellaneda estaba por comenzar.
Con Seba nos ubicamos en la Bochini Alta. Abajo los bombos y banderas se acomodaban como puzzle en las gradas. Los cantos subían desde la popular. Las tribunas, cada vez más rojas, vibraban como gargantas bajo nuestros pies.
Estaba ahí cumpliendo un sueño, el sueño de mi hijo… el sueño mío. Nuestro deseo tan buscado.
Solo bastó el gol para gritarlo con el alma y estrecharnos en un profundo abrazo. Al lado mío había un gordito, que no paraba de putear, a los jugadores de ambos equipos y al mismo árbitro. Pero no me importaba nos abrazamos igual… estábamos los tres, agarrados mientras el estadio se caía a gritos. Fue un momento sublime, efímero pero profundo… nuevamente saltando con mi hijo y con el recuerdo de mi viejo. Allí en la parte más elevada de la cancha, cerca de las nubes y sintiendo la lluvia que caía por mis ojos con gusto a sal. Fue volver a encontrarnos en la misma pasión llamada Independiente.
Ese día no ganamos, pero con Seba igual pudimos comulgar… Mientras la hinchada salía en silencio, con la tristeza de que se escapó el partido. Una parte de mí se sentía feliz y en paz. Por estar nuevamente, después de varios años viviendo el clásico y ahora acompañado por mi hijo.
Fue mucho más que un partido de fútbol… había algo místico, difícil de explicar, que sólo se puede entender desde la pasión. Sentí por un momento que el cielo se unía con el infierno, bajo la dulce lluvia de Avellaneda.


