Un guardián majestuoso custodia el portal hacia los secretos del Uritorco.
Regreso con mi mochila a cuestas, dejando que el camino me guíe de vuelta, mientras la llovizna susurra en mi piel. El Uritorco y Las Gemelas, guardianes antiguos, fueron compasivos con mis rodillas y, en su lengua de viento y piedra, me invitaron a perderme en el misterio de sus fragancias y silencios.
Ascender fue un rito, un eco sagrado que no experimentaba hace años. Volví a ser pequeño ante la inmensidad de esas laderas ásperas, donde la piedra y el tiempo dialogan sin prisa. Sobre mi cabeza, el cóndor escribió su danza en el cielo, y entre las grietas, las arañas tejieron sus secretos invisibles.
Cada paso fue aliento, latido, comunión con la montaña. Cada rayo de sol, una caricia. Y en medio de todo, entre notas dispersas en el aire, encontré a Pablo con sus canciones, sonando con una voz dulce y profunda de esta tierra.






